La salud del futuro se decide hoy

la salud del futuro

Augusto Galán Sarmiento MD. MPA

Director del Centro de Pensamiento Así Vamos en Salud

El pasado 10 de octubre fue publicado por The Lancet el informe de su Comisión sobre las amenazas globales a la salud en lo que resta del siglo XXI. El documento es muy importante, no solo por los riesgos que identifica sino por la perspectiva desde la cual propone abordarlos. Su mensaje es contundente. Las decisiones que tomemos hoy impactarán, en gran medida, la salud de las poblaciones futuras.

 

La Comisión fue encabezada por Christopher Murray y no se limita a identificar las enfermedades que ocasionarán mayor mortalidad, como tampoco a proyectar tendencias epidemiológicas. Plantea reconocer aquellas amenazas cuya carga de enfermedad, discapacidad y muerte pueden ser modificadas mediante decisiones acertadas de política pública.

 

La metodología del estudio se basa en los años de vida ajustados por discapacidad (AVAD) y estima la carga acumulada de enfermedad entre los años 2025 y 2100. Para cada amenaza o riesgo, calcula el margen de daño susceptible de ser reducido mediante la acción de los gobiernos y las sociedades, al obtener la diferencia entre el mejor y el peor escenario posible.

 

El informe comprende 204 países y territorios e incorpora modelos cuantitativos y evaluaciones cualitativas. Permite comparar riesgos de naturaleza diferente. La incertidumbre es inevitable en un horizonte de 75 años de análisis, pero evita la visión de corto plazo que influye en tantas decisiones públicas.

 

Los riesgos fueron clasificados en una pirámide de cuatro niveles. En los dos superiores se identifican 17 grandes amenazas. Dos de ellas tienen potencial de extinción humana: un conflicto nuclear acompañado de hambruna; y el uso desviado de la inteligencia artificial, en especial el desarrollo de armas biológicas.

 

Las siguientes quince comprenden riesgos ambientales, epidemiológicos, sociales, económicos y sanitarios. Aparecen allí el cambio climático, la contaminación del aire, la resistencia antimicrobiana, las pandemias, los conflictos armados, la desigualdad, el bajo nivel educativo, la desnutrición infantil, el deterioro de la cooperación internacional y otras condiciones conocidas como la hipertensión arterial, el tabaquismo, el consumo excesivo de alcohol, la mala salud mental, la obesidad y el envejecimiento no saludable.

 

La obesidad representa la mayor carga susceptible de intervención. El informe advierte además que, aunque la esperanza de vida continuará aumentando, los años vividos con buena salud no crecerán a la misma velocidad. Se vivirá más tiempo, pero no necesariamente mejor. Las enfermedades crónicas, y la discapacidad que puede venir con ellas, continuarán acrecentando su protagonismo.

 

La distribución de las amenazas no será equitativa. La pobreza, las desigualdades, las deficiencias educativas, la fragilidad institucional determinarán, entre otras razones, cuáles poblaciones estarán más expuestas a las amenazas y tendrán menos posibilidades de protegerse. Otra vez se resalta el vínculo que tiene la salud con las condiciones económicas y sociales de las personas.

 

La Comisión plantea tres grandes recomendaciones.

 

La primera: desarrollar sistemas de salud preparados para anticipar, prevenir y responder oportunamente a las amenazas. Se requieren capacidades institucionales permanentes y financiación sostenible.

 

La segunda: incrementar la inversión en innovación científica y tecnológica. Nuevas vacunas, antibióticos, tratamientos contra condiciones prevalentes y tecnologías para mitigar el cambio climático. Se requiere una gobernanza capaz de controlar riesgos como el de la inteligencia artificial.

 

La tercera: establecer mecanismos de seguimiento permanente a las amenazas globales, que actualice la evidencia científica con celeridad y lleve sus conclusiones a los espacios de decisión de política internacional.

 

¿Qué significa todo esto para Colombia?


La crisis de nuestro sistema de salud nos ha obligado a concentrar esfuerzos en recuperar el acceso a los servicios, restablecer la liquidez y estabilizar su funcionamiento. Tareas indispensables y urgentes que no pueden agotar nuestra visión de futuro.

 

La sostenibilidad financiera que hemos señalado reiteradamente adquiere una dimensión adicional. Además de financiar prestaciones actuales, se requiere construir capacidades para responder al aumento del envejecimiento con su carga creciente de enfermedades crónicas, así como a las amenazas ambientales, epidemiológicas y tecnológicas cada vez más complejas.

 

Así mismo, será necesario modernizar el aseguramiento y fortalecer la atención primaria orientada a la prevención, la protección financiera y la gestión integral del riesgo. La Nación y los territorios deben articular mejor sus competencias y responsabilidades. El gasto exige ser más eficiente y reducir el desperdicio de recursos. La cobertura universal debe acompañarse de calidad, oportunidad y resultados efectivos en salud.

 

Este informe de The Lancet nos dice que el futuro no está predeterminado. Sus recomendaciones son pertinentes y vale la pena que se tengan en cuenta. Colombia necesita superar su crisis presente sin descuidar el sistema de salud que requerirán las próximas generaciones. Proteger el derecho a la salud significa también prevenir los daños que mañana podrían sufrir quienes todavía no tienen voz en nuestras decisiones.

 

 

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